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La vida es color de rosa

  • Foto del escritor: Semillero de Investigación Teori Social
    Semillero de Investigación Teori Social
  • 9 sept 2017
  • 3 Min. de lectura

Abyectos todos los que lucís esos trajes desprestigiados y llevados consigo por el demonio. Viene el Papa.

Cuando va a comenzar la noche comienza tu día, dice una máxima del vallenato. Su intérprete Jorge Oñate y en nuestro caso vemos que se funden, confusión en todo lugar, nada es lo que parece y todo es lo que aparenta. Cuerpos aislados de la sociedad siendo la representación más fiel de lo que hoy día puede decirse es nuestra sociedad.

Ubicados en el centro histórico de la ciudad unas cuadras debajo de la Avenida Caracas nos inmiscuimos en un lugar que nos acogía como potenciales compradores de cualquiera de sus productos. Desde butifarras hasta perfumes. Los olores se mezclan y el ámbar del Jardín de las Delicias de Bosch se ve totalmente representado por los seres que habitan este sector de la ciudad.

Llegué aproximadamente a las 7:20 al lugar donde se encontraban ya Pamela, José y Walder; antes de empezar a entrar a este espacio fronterizo en medio de la urbe comerciante prendí un cigarrillo y me dispuse a ser etnógrafo. Los nervios empezaron a aflorar y al darme cuenta de que no era como los demás no pude dejar de mirar. Pasé al lado de muchos jóvenes, pasé por entre ellos y vi un lugar bastante cómodo para encontrarse en una Zona de Tolerancia. Un Surtiaves de la 22 cobijaba a una familia que como yo en algún momento de mi infancia estuve comiendo pollo asado en una burbuja que me deja ver la realidad por una ventana.

Buscando el bar ‘África’ en dónde mis compañeros estaban me vi perdido en busca de direcciones donde lo único que da referencia de dónde se está son las luces rojas, rosas, violetas y azules, cuyo neón alumbra aquellas pieles sin miedo al frío salen a relucir. Cuando vi el bar me dirigí allí en busca de una cara amiga, y antes de encontrarla vi por primera vez algo que se sabe a escondidas y estaba frente a mis ojos. Observé detenidamente para asimilar lo que se encuentra en las narices de todos y pude ver tres cuerpos difícilmente entrados en una etapa sexual vistiendo prendas eróticas y esperando algún cliente. Tres niñas de 13 años, calculo yo, estaban exhibiendo sus delicados cuerpos ante la mirada pervertida y morbosa de cualquier observador, incluso la mía.

Incluso la sensibilidad se pone activa cuando los cuerpos travestidos cruzan por la calle y no parecen tener mayor relevancia sino por el mismo efecto que genera cualquier persona a un recién entrado en esta zona de la ciudad, bien llamada Zona de Tolerancia. Es por esto por lo que cuando nos empecinamos en elevar la mirada para dejar pasar lo que allí sucede, nos llama la curiosidad a revisar a todos estos cuerpos que le diluyen entre la multitud y nuestras miradas se dejan llevar por los colores rechinantes y las pieles que tienen un brillo natural de atracción.

Pero eso no era lo único que nos atraía, además de aquellos cuerpos que relucían, también estaban los que de cierta forma “opacaban” el lugar. Usando crocs, o siendo infantes, o incluso montados en carritos de neo natos, cuerpos se paseaban por estas calles llenas de este tipo de contrastes, lugares totalmente atrincherados por las abyecciones y en total parsimonia de lo previamente ocurrido y lo que luego ha de suceder.

Buscamos y buscamos y nuestro primer camino para adentrarnos en este barrio, nuestro primer contacto. En verdad Pamela lo consiguió y algo que ya no parece extraño en este momento fue que era una venezolana, que conoce el sector y que allí trabaja, aunque no en la prostitución cabe aclarar. Pero aun así no deja de ser interesante el hecho de que sólo ella entre todos se acercara al grupo a hablar sobre nuestra situación allí. Quizás para todos fueron unos clientes adormilados y con miedo, pero quizás para ella sí fuimos extraños. Incluso, lo más extraño puede ser que ella sea de las pocas venezolanas que en ese lugar no ejerce aquella profesión.

Tan increíble se tornó este lugar, tanto de forma etnográfica como estética, que en alguna esquina dirigí mi vista hacia los cerros orientales de la capital y allí brillaba, tan cercano a ese ambiente de colores extravagantes, el edificio Colpatria. Mirándonos en aquel lugar privilegiado que ha visto a muchos como nosotros entrar a aquel lugar y salir después sin ser juzgados ni mucho menos tratados de forma grosera. Más bien puede ser el guardián protector de aquellas dinámicas acogedoras de delirios extravagantes de cotidianeidad.


 
 
 

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